NACIMIENTO Y ADOLESCENCIA

CAPITULO 3


Aquélla era una época muy interesante para hacer su entrada en el escenario mundial. El siglo veinte había comenzado sólo una década antes de que Gordon llegara al hogar de los Hinckley, y los Estados Unidos eran una nación muy diferente de lo que llegaría a ser.

En 1910, el índice de longevidad de un hombre nacido en Estados Unidos era de cincuenta años. Una lata de sopa Campbell costaba diez centavos, una camisa para hombre valía menos de un dólar y el kilo de carne se vendía a 65 centavos.'

Los estadounidenses se encontraban al borde de una transformación fenomenal. Apenas dos años antes, Henry Ford había fabricado su primer automóvil Modelo T. Y el día en que nació Gordon, los periódicos anunciaron la inauguración del "primer servicio aéreo regular de pasajeros" del mundo entre dos ciudades de Alemania.'

El presidente Joseph F. Smith dirigía la Iglesia que entonces alardeaba tener casi 400.000 miembros, con 993 misioneros en el campo mundial. Los cuatro templos en funcionamiento se encontraban en el estado de Utah: St. George, Logan, Manti y Salt Lake City. Sólo veinte años antes, el presidente Wilford Woodruff había declarado con el "Manifiesto" la finalización del matrimonio plural y habrían de pasar dos décadas antes de que la Iglesia celebrara el centenario de su organización. Poco a poco, sin embargo, iba progresando desde su era inaugural de persecuciones a una de prosperidad y moderado respeto. El reino del Evangelio se preparaba para un gran impulso después de haber soportado ochenta años de dificultades.

Tal era el ambiente que esperaba al joven Gordon Hinckley, quien, aunque era el primer vástago de su madre, fue bienvenido por una numerosa familia de hermanos y hermanas. Con el correr de los años, no había tal cosa como hermanastros o hermanastras, ni se trataba de "la familia de Christine" o "la familia de Ada". Eran todos una sola familia, los Hinckley, sin distinción de quién había nacido de quién.

Dieciséis meses después, nació Sherman, a quien siguieron tres hermanas: Ruth, Ramona y Sylvia. Aunque todos los de la familia Hinckley eran muy unidos, Gordon y Sherman, por ser varones de edad semejante, eran casi inseparables. Gordon era mayor, pero Sherman era más grande, más veloz y más fuerte que él. Gordon era un muchacho delgado y débil, susceptible a dolores de oído y otras enfermedades.

También padecía alergias, asma y fiebre del heno. A la edad de dos años contrajo un grave caso de tos convulsa, tanto que un médico le dijo a Ada, su madre, que el único remedio era el aire libre del campo. Bryant decidió entonces comprar una granja de unas dos hectáreas en la región de East Millcreek en el Valle del Lago Salado, donde construyó una pequeña casa de veraneo. Y así empezó-en 1914-la tradición de los Hinckley de pasar los inviernos en el centro de la ciudad y los veranos en East Millcreek.'

Gordon y Sherman disfrutaban inmensamente la vida rural. Tenían libertad para explorar y jugar en el badén que había al sur de la propiedad. Saltaban desde las parvas de heno, tomaban leche de vaca recién ordeñada, jugaban a las escondidas en el sembrado de maíz, se acoplaban a un carro tirado por caballos y volaban en una hamaca sobre la frondosa hondonada.

La vida agreste cultivó el ingenio de Gordon y Sherman, que aun como niños demostraron tener talento en cuestiones mecánicas y aprovecharon su inventiva natural para una serie de artefactos. Fabricaron toda clase de aparatos con ruedas y tablas, incluso un carro tirado a caballo y una ducha con un viejo tanque expuesto de modo que el sol calentara el agua.

Con el tiempo, sus proyectos fueron siendo cada vez más complicados y tal como le sucede a todo inventor, algunas veces les fracasaban-tal como les pasó el día en que decidieron construir una bomba de carburo con una lata. Los muchachos entendían lo suficiente sobre química para preparar un dispositivo incendiario que explotó al prenderle un fósforo. No se les hirió ni fracturó nada, excepto el orgullo y su reputación como ingenieros. Sin embargo, eso no impidió que Sherman utilizara dinamita para romper una porción de terreno que creían no poder cultivar de ninguna otra manera. Y nuevamente los resultados fueron explosivos.

En numerosas ocasiones, los muchachos dormían de noche en un carro al aire libre, bajo un cielo tachonado de estrellas. Cuando llovía, juntaban apresuradamente sus mantas y corrían hasta el pórtico en busca de protección, donde a la mañana siguiente los encontraría Ada, su madre, profundamente dormidos después de una agitada aventura nocturna.

La granja ofrecía también a los hijos de la familia Hinckley oportunidades de trabajo. Comúnmente, Bryant se levantaba a las 5 de la mañana y esperaba que el resto hiciera lo mismo.

Siembre había muchas tareas para los muchachos y a diario esperaban recibir una lista de cosas que debían completar antes del mediodía. Una vez terminadas esas tareas, podían entonces hacer lo que quisieran por el resto del día, pero durante las horas frescas de la mañana tenían que librar de malezas el enorme jardín, irrigar el extenso terreno, excavar hoyos donde colocar postes, recoger frutas, juntar huevos, cuidar caballos y atender dos vacas-una lechera Guernesey llamada Polly y otra Jersey de pura raza y vivaracha llamada Babe. Los muchachos tenían que vaciar el agua de la nevera en el sótano, pero con frecuencia se olvidaban de hacerlo y terminaban secando y limpiando el piso inundado.

Los Hinckley cultivaban la mayoría de las cosas que consumían. Las vacas les daban toda la leche que la familia podía tomar y un extenso huerto con una gran variedad de árboles frutales-manzanas, melocotones, cerezas, peras, albaricoques y ciruelas-les proveían de abundantes cosechas. Cuando Gordon y Sherman fueron creciendo, su padre requería que le ayudaran en el huerto y los llevaba a demostraciones de poda presentadas por el colegio de agricultura. La mayoría de los días sábado en enero y febrero, Bryant y sus hijos iban a la granja y podaban los árboles.

No era una tarea muy agradable, pero los muchachos volvían a demostrar su naturaleza inventiva al construir andamios con piso de madera de arce para alcanzar las ramas más altas. Todas esas tareas, año tras año, les enseñaron a Gordon una importante lección que había de quedarle embebida en el subconsciente: la calidad de la fruta recogida en septiembre es determinada por la manera en que se moldean y podan los árboles en febrero.

Los muchachos participaban en el proceso desde el principio hasta el fin, aunque no les agradaba mucho cosechar las frutas, tarea que les resultaba cansadora y rigurosa. Pero a los melocotones había que recogerlos, clasificarlos, empaquetarlos y venderlos, y requería que todos colaboraran en ello.'

Ciertamente, la granja ofrecía un ambiente muy fértil para un sinnúmero de lecciones, y quizás ninguna de ellas fue más eficaz que la de que sólo cosechamos lo que sembramos. Los jóvenes Hinckley percibieron que esta lección se repetía de una temporada a otra a medida que araban la tierra y la sembraban en la primavera, cuidaban los sembrados en el verano y obtenían la recompensa de las cosechas en el otoño.

El día en que la energía eléctrica llegó a la granja resultó ser un verdadero acontecimiento. Para Ada, el contar con luces y una pequeña cocina eléctrica era como estar en el cielo. Traer agua a la casa era más difícil pero, con el tiempo, Bryant solucionó también ese problema.

No obstante el notable adelanto que significó tener electricidad y agua corriente, la señal más emocionante de progreso en el hogar de los Hinckley se produjo aquel día en el verano de 1916 cuando Bryant manejó un auto negro Modelo T con un refulgente radiador de bronce. Al verlo llegar, los muchachos lo contemplaron con ojos azorados.

Aunque el Modelo T fue un gran paso adelante en materia de transporte, también resultó ser una máquina rústica y temperamental. Requería que dos personas le plegaran o desplegaran la capota y el parabrisas estaba dispuesto de manera que, cuando llovía, el agua se escurría adentro del condensador eléctrico y era entonces poco menos que imposible hacer arrancar el motor, lo cual resultaba ser toda una aventura aun en las mejores circunstancias. Siendo que el auto no tenía arranque eléctrico, Bryant llamaba frecuentemente a los muchachos para que le dieran vuelta a la manija en la parte delantera tarea bastante peligrosa si no se ejecuta apropiadamente.

Ellos aprendieron rigurosamente que si no atrasaban la chispa y mantenían el dedo pulgar extendido en forma indebida, la manija podía retroceder y fracturarles un dedo o toda la mano. Algunas veces, después de que los muchachos hubieran dado vuelta en vano a la manija, solían empujar el caprichoso vehículo cuesta abajo para hacerlo arrancar. Puesto que el auto carecía de batería, recibía la electricidad de un magneto, cuyo rendimiento dependía de la velocidad del motor.

Si el motor disminuía su marcha, las luces se volvían de un color amarillo pálido y eran casi inservibles. La persona que manejaba el vehículo durante la noche tenía que mantener el funcionamiento del motor a paso firme. De su experiencia al manejar aquel Modelo T, Gordon destacó tiempo después cierta analogía al decir: "La industriosidad, el entusiasmo y el trabajo afanoso nos conducen hacia un brillante progreso. Para obtener luz en la vida, uno tiene que permanecer con pie firme y continuar moviéndose".

Aunque a todos en la familia les encantaba la vida de campo, también les agradaba mucho regresar a su hogar en el centro de la ciudad durante el otoño. Después de su ausencia en el verano, los muchachos estaban ansiosos por visitar otros lugares predilectos y volver a reunirse con sus amigos del vecindario.

Una de las ventajas de regresar a la ciudad era que a Bryant su trabajo le quedaba más cerca. Hasta 1910, fue el director del Instituto Superior de Comercio LDS. Ese año, cuando la Iglesia edificó el Gimnasio Deseret como centro de recreo para la comunidad, se le designó gerente general de esa empresa y encargado de sus operaciones diarias. Bryant era un hombre de negocios muy capacitado y mantuvo el gimnasio en constate operación aun en épocas de dificultades económicas.

Bryant y Ada fomentaron mucho la educación en su familia. Habiendo sido maestra de inglés, Ada era muy instruida y también exigente en cuanto a la gramática. No toleraba ningún lenguaje inapropiado y sus hijos aprendieron a hablar con precisión y cuidado. El que pronunciaran mal una palabra o que emplearan palabras de jerga era algo prácticamente imperdonable.

Ada había sido una alumna excepcional y lo mismo esperaba de sus hijos. Los libros y la educación eran también muy importantes para Bryant, y entonces transformó en biblioteca uno de los amplios cuartos de la casa. Sus estantes estaban repletos con más de mil libros.

Lo que es de sorprender, con todo el énfasis que los Hinckley ponían en la literatura y la enseñanza, a Gordon no le agradaba ir a la escuela. A los seis años de edad, cuando tenía que empezar con el primer grado, el primer día de clases se escondió para que sus padres no lo vieran. Puesto que era un pequeño niño de salud delicada, Bryant y Ada decidieron que sería mejor esperar entonces hasta el año siguiente para que asistiera a la escuela junto con Sherman.

Cuando llegó el primer día de clases al año siguiente, Gordon se escapó corriendo alrededor de la casa tratando de evitar que su madre lo alcanzara, pero Ada lo alcanzó. Ambos niños iniciaron juntos el primer grado en la Escuela Hamilton. No pasó mucho tiempo hasta que Gordon se unió con los de su propia edad en el segundo grado, pero a pesar de todo el esfuerzo de sus padres y hermanos, continuó sin mucho entusiasmo en cuanto a su educación formal durante sus años de escuela primaria.

Aunque los primeros antecedentes académicos de Gordon no eran muy sobresalientes, en el hogar de los Hinckley se establecieron, y se esperaba que se cumplieran, ciertas normas de conducta y rendimiento. Bryant y Ada no eran muy estrictos; Bryant nunca le levantó la mano a ninguno de sus hijos.

Alguna reprimenda era, por supuesto, necesaria en ciertas ocasiones. Un día, cuando tenía siete u ocho años de edad, Gordon se hallaba conversando con algunos de sus amigos en el pórtico de la casa e hizo unos comentarios despreciativos acerca de una familia de personas negras que venían por la calle. Ada, al oírle, se horrorizó y ordenó que él y sus amigos pasaran a la sala de estar y les dio un serio sermón sobre el respeto y la bondad.

Aunque Gordon y Sherman eran buenos amigos y se habrían defendido mutuamente contra cualquier amenaza o insulto exterior, la semejanza de sus edades fue creando una cierta rivalidad que solía provocar riñas entre ellos. Sherman, siendo el más fuerte de los dos, tenía la ventaja física, pero su hermano mayor era más agresivo y obstinado. Ninguno salía fácilmente victorioso de esas refriegas. Años más tarde, Gordon dijo: "Yo solía andar siempre bien. Con la cabeza sangrando, pero sin doblegarme". Finalmente, cansado ya por las peleas de sus hijos, Bryant trajo a casa unos guantes de boxeo y les dijo que resolvieran de una vez por todas sus problemas. "Lo hicimos", dijo Gordon, "y desde entonces hemos sido buenos amigos".`

En efecto, la personalidad de Gordon tenía un cierto rasgo impetuoso. Al prepararse para iniciar el séptimo grado, él y sus amigos esperaban ser la primera clase en entrar a la Escuela Intermedia Roosevelt. Pero cuando llegaron allí, se les dijo que el edificio ya estaba repleto y que su clase debía retornar a la escuela primaria por un año más. Gordon y sus amigos pensaban que merecían algo más que pasar otro año con los grados inferiores y al día siguiente se pusieron en huelga y no fueron a clase.

Cuando regresaron a la escuela un día después, el director de la misma, Harold J. Stearns (quien según Gordon era muy estricto), los recibió a la entrada y les dijo que solamente se les admitiría de nuevo si presentaban una carta explicativa de sus padres. Ada no se sintió muy complacida cuando se enteró de lo que había acontecido y su carta al director manifestó un reproche que perturbó a su hijo mayor: "Estimado Sr. Stearns, tenga a bien disculpar la ausencia de Gordon en el día de ayer. Su proceder se debió a un impulso de hacer lo que hacen los demás". Tiempo después, Gordon habría de explicar por qué el comentario de su madre fue tan punzante: "No fue un impulso de hacer lo que hacen los demás. Yo fui uno de los instigadores. Pero que mi propia madre me calificara como alguien que hizo algo sólo para imitar a otros me llamó a la realidad, y decidí entonces que jamás haría nada simplemente porque otros lo hacen".'

En otra ocasión, después de un día particularmente dificultoso en la escuela, Gordon regresó a su casa, arrojó los libros sobre la mesa dirigiéndose hacia la cocina y dejó escapar una mala palabra. Ada, horrorizada por tal lenguaje, le dijo que jamás, bajo ninguna circunstancia, tal palabra habría de salir otra vez de su boca y lo llevó al cuarto de baño donde empapó abundantemente con jabón una toallita con la cual le refregó la lengua y los dientes. Él escupió, se encolerizó y sintió como que quería blasfemar, pero resistió la tentación.'

Los Hinckley vivían en la Estaca Liberty y su barrio, el Barrio Primero, era para ellos el centro del universo. No sólo era un importante centro espiritual, sino también social. El obispo John C. Durham, cuyo barrio tenía más de mil miembros, sirvió a su congregación durante un cuarto de siglo. A pesar del número de familias en ese barrio, el hermano Durham era no solamente su obispo pero asimismo su amigo y consejero. Él estuvo presente cuando a Gordon y sus hermanos y hermanas se les dio un nombre y fueron bendecidos. Más tarde, el obispo Durham entrevistó a Gordon y lo encontró digno de ser ordenado diácono, lo llamó a ocupar su primera asignación como miembro de la presidencia del quórum de diáconos, lo recomendó luego para que recibiera el Sacerdocio de Melquisedec y confirmó su dignidad para que sirviera una misión. Gordon amaba y respetaba mucho a su obispo, quien ejerció una gran influencia sobre él durante su adolescencia.`

Era la casa del obispo Durham, enfrente a su hogar, a donde anualmente los Hinckley iban a entrevistarse con él para el ajuste de diezmos. En el caso de Gordon, su diezmo total de todo un año podría haber sido apenas veinticinco o treinta centavos, pero se le había enseñado a pagarlo de todos modos.

El centro de reuniones del barrio estaba casi siempre ocupado en las noches de semana con bailes, obras teatrales, concursos de oratoria y otros programas de la A.M.M., y desde temprana edad Gordon participaba en todo lo que allí se ofrecía y le interesaba. Cuando tenía cinco años, su padre le escribió una carta a Ada, quien en ese momento se encontraba visitando familiares en la costa occidental del país, diciéndole: "Los niños [Gordon y Sherman] asistieron hoy a la Primaria y esta noche Gordon ha estado haciéndome algunas preguntas muy interesantes".

En el hogar, Bryant y Ada siempre encontraron maneras de mantener los principios del Evangelio frente a sus hijos. Con frecuencia, antes de irse cada cual a su cama, Ada reunía a todos y de la obra Mother Stories from the Book of Mormon (Relatos maternales del Libro de Mormón), publicada por primera vez alrededor del año 1911 por William Albert Morton, les leía en cuanto a Nefi, Lehi y otros héroes del Libro de Mormón.

En 1915, cuando el presidente Joseph F. Smith aconsejó a las familias de la Iglesia que se reunieran por lo menos una vez por semana para efectuar una noche de hogar, Ada y Bryant respondieron: "El Presidente de la Iglesia nos ha pedido que tengamos una noche de hogar. Por lo tanto, tendremos una noche de hogar". El anuncio fue recibido con desagrado por los niños, quienes pocas ganas tenían de que se les acorralara para otra reunión más, pero desde ese momento en adelante la noche de los lunes era reservada para la familia.

Bryant o Ada les daban una lección y alentaban a los niños para que actuaran, cosa que les incitaba a las imitaciones, la farsa o las risas. Los niños no eran artistas por naturaleza y pedirle a uno que cantara frente a los demás era, como Gordon diría tiempo después, "como pedirle a un helado que se conserve congelado sobre la estufa de la cocina. Nos llevó mucho tiempo llegar al punto en que pudimos cantar en conjunto sin reírnos. Tiene que haber sido algo mortificante para nuestros padres que nos riéramos de ese modo".

Pero Bryant y Ada perseveraron. Todos participaban de la oración familiar con regularidad y frecuentemente escuchaban historias aparentemente inextinguibles que Bryant les relataba para cultivarles la fe. El efecto cabal de ello fue positivo. Aquellas sencillas reuniones fueron creando sólidos lazos entre padres e hijos, y entre hermanos y hermanas-un elemento muy importante para la unificación de esa familia.

A través de éstas y otras experiencias, Gordon comenzó a aprender por sí mismo que era mucho lo que sus padres creían tan profundamente en cuanto a la Iglesia. Ya para el momento de ser bautizado por su padre, Gordon quería ser miembro de la organización. "Asistíamos a la Iglesia, pero no bajo compulsión", comentó años después. "De alguna manera nuestros padres nos hacían saber lo que esperaban de nosotros, y nosotros les seguíamos sin mucho reparo".

Una experiencia en particular influyó grandemente en Gordon. No mucho tiempo después de haber sido ordenado diácono, asistió con su padre a su primera reunión del sacerdocio de la estaca. Para comenzar la reunión, los trescientos o cuatrocientos hombres allí presentes se pusieron de pie y cantaron el himno de William W. Phelps en honor al profeta José Smith: "Al gran profeta rindamos honores. Fue ordenado por Cristo Jesús a restaurar la verdad a los hombres y entregar a los pueblos la luz"." Gordon no estaba preparado para lo que experimentó.

Tiempo después comentó: "Algo sucedió en mi interior cuando escuché cantar a aquellos fieles hombres. Me llegó al corazón. Me produjo un sentimiento difícil de describir. Sentí un gran poder conmovedor, tanto emocional como espiritual. Nunca antes lo había sentido en ninguna otra experiencia en la Iglesia. Sentí que mi corazón se henchía con la convicción de que el hombre en cuanto a quien cantaban fue realmente un Profeta de Dios. Supe entonces, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith fue verdaderamente un Profeta de Dios".

Con frecuencia, Gordon había escuchado a su padre hablar con respeto y reverencia acerca de los Presidentes de la Iglesia, a la mayoría de los cuales conoció personalmente. Bryant consideraba al profeta José Smith como el hombre de mayor trascendencia, con excepción del Salvador, que jamás haya vivido, y también sentía tener una relación personal con Brigham Young, sobre cuyas rodillas se había sentado cuando era niño. Éstos y los demás Presidentes de la Iglesia eran los héroes de Bryant Hinckley. Y también llegaron a serlo de Gordon.

Los Hinckley disfrutaban de bienestar y estabilidad en su hogar. Varias décadas más tarde, Gordon recordó: "En realidad no hablábamos abiertamente del amor entre unos y otros con frecuencia en aquellos días. No teníamos necesidad de hacerlo. Podíamos sentir esa seguridad, esa paz, y la tácita fortaleza que poseen las familias que oran en conjunto, trabajan juntas y se ayudan mutuamente"." Los hijos sabían que sus padres los amaban, tenían fe en ellos y los consideraban, no una molestia, sino una inversión para el futuro.

La inherente disposición positiva de Bryant y de Ada impregnaba el ambiente familiar. Ada creía-y lo aseveraba con frecuencia-que una actitud feliz y un semblante alegre contribuyen a superar cualquier contratiempo, y que cada persona es responsable de su propia felicidad. Los hijos solían escuchar a su padre decir: "Los cínicos nada contribuyen; los escépticos nada crean; los que dudan nada logran". A pesar de las comunes frustraciones relacionadas con la crianza de una familia numerosa, aquella combinación de optimismo y responsabilidad individual que ejemplificaban creó un hogar emocionalmente sano y equilibrado.

Así y todo, había momentos de sufrimiento y angustia. Ninguna experiencia durante los primeros ocho años de la vida de Gordon fue más lamentable que la de cuando recibieron la noticia, a fines de noviembre de 1918, de que Stanford, el hijo mayor de Bryant, quien se había alistado en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, había fallecido en un hospital de Francia a causa de pulmonía. Su muerte había acaecido menos de un mes antes de que se firmara el Armisticio, y Stanford fue sepultado en un cementerio americano en las afueras de París. Fue la primera vez que Gordon y Sherman vieron a su padre llorar, y también ellos lloraron. Fue un momento muy penoso que dejó en Gordon una marca indeleble. Aquella experiencia fue algo que jamás olvidaría.

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